Vender vino sin botella

La economía del espíritu en la red global
por John Perry Barlow


«Si la naturaleza ha hecho algo menos suceptible que todo lo demás de ser objeto de apropiación exclusiva, ésto es la acción del poder de pensar, aquello a lo que llamamos una “idea”. Un individuo puede tenerla como posesión exclusiva tanto cuanto se la guarde para sí; pero desde el momento en que se divulga, ésta busca su camino de modo a ser poseída por todos, sin que los que la reciben puedan deshacerse de ella. Tiene otra característica particular : es que nadie la posee menos porque todos los demás la posean en su totalidad. Quien recibe de mí una idea recibe instrucción sin que mi instrucción se vea disminuída; así mismo, quien prende su vela con la mía recibe luz sin dejarme a oscuras. El hecho que las ideas se repandan libremente de una persona a otra a través del globo, para nuestra recíproca instrucción moral y para mejorar la condición humana, pareciera haber sido establecido por la naturaleza de manera precisa y benevolente cuando creó al hombre, al igual que el fuego se repande por todo el espacio sin perder densidad en punto alguno, y tal como el aire que respiramos, en el cual nos movemos y existimos físicamente no puede ser circunscrito ni poseído exclusivamente. Por lo tanto, por naturaleza, las invenciones no pueden ser objeto de apropiación alguna.»
THOMAS JEFFERSON


Contenido

La cuestión

Desde que indago en el ciberespacio queda un enigma inmenso sin solución, a pesar de que parece estar en la raíz de todos los desacuerdos legales, éticos, gubernamentales y sociales que pueden presentarse en el mundo virtual. Quiero hablar del problema de la propiedad numérica.

El enigma es el siguiente: si lo que nos pertenece puede reproducirse al infinito y difundirse instantáneamente por todo el planeta sin el menor costo, sin que se nos informe de ello y, más encima, sin que deje de estar en nuestra posesión, ¿cómo podemos protegerlo? ¿Cómo seremos remunerados por las obras de nuestro espíritu? Y de no poder serlo, ¿qué asegura la continuidad de la creación y de la difusión de este tipo de obras?

Como no tenemos solución para este desafío realmente nuevo y como aparentemente somos incapaces de retrasar la numerización galopante de todo lo que no sea irremediablemente físico, levantamos ancla hacia el futuro a bordo de un barco que se hunde.

Esta nave – el corpus jurídico del derecho de reproducción y las patentes – fue construído para transportar ciertas formas y métodos de expresión totalmente diferentes de la carga evanescente que hoy le pedimos llevar. Hace agua por todos lados, tanto del interior como del exterior.

Los esfuerzos legislativos por mantener el viejo buque a flote toman tres formas: un frenesí de reorganización de los puestos del puente de mando; severas amenazas a los pasajeros (si el barco se hunde, serán sometidos a duras sanciones penales); una negación friamente serena.

Querer rearmar, renovar o alargar la legislación sobre propiedad intelectual para que pueda contener el gas de la expresión numérica sería tan absurdo como arreglar la legislación de los derechos de herencia para que incluya la asignación de radiofrecuencias. (Que es sin embargo lo que se está intentando hacer.) Nos será necesario elaborar un conjunto de métodos del todo nuevos para enfrentar una situación que es también novísima.

La mayoría de la gente que realmente crea la propiedad en lo que respecta al software y sus aplicaciones – los programadores, hackers e internautas – ya saben ésto. Desafortunadamente, ni las empresas para las que trabajan, ni los abogados que estas empresas contratan tienen una experiencia lo suficientemente directa de los bienes inmateriales como para comprender por qué son tan problemáticos. Actúan como si las antiguas leyes pudiesen de una manera u otra resultar eficaces, ya sea ensanchándolas hasta un punto ridículo ya sea tergiverzando su sentido. Se equivocan.

El orígen de este enigma es tan simple como su solución es compleja. La tecnología numérica separa la información de su soporte físico, en donde hasta presente todas las leyes de propiedad han hallado su definición.

A lo largo de la historia de los derechos de reproducción y de las patentes, el concepto de propiedad intelectual no ha estado centrado en las ideas, sino en la expresión de éstas. Las ideas mismas, tal como lo que concierne a los fenómenos del mundo, eran consideradas como propiedad colectiva de la humanidad. No se podía pretender derecho de propiedad – en lo que respecta el derecho de reproducción – más que sobre la formulación precisa utilizada como vehículo de una idea particular, o bien, sobre el órden de presentación de los hechos.

El momento en que este derecho se hacía aplicable era el momento en que «el verbo se hacía carne saliendo del espíritu de su creador para quedar fijado en algún objeto físico – libro u otro.» La aparición de nuevos medios comerciales junto a los libros nunca modificó el caracter jurídicamente fundamental de tal momento. La ley protegía a la expresión y, salvo ciertas excepciones (recientes), «expresar» era lo mismo que «volver físico».

La protección de la expresión física era eficaz de por las condiciones objetivas. El derecho de reproducción funcionaba bien porque, a pesar de Gutenberg, era difícil hacer un libro. Además, los libros fijaban su contenido de forma que era tan riesgoso modificarlos que reproducirlos. La falsificación o la difusión de imitaciones eran actividades evidentes y visibles, tanto así que era fácil pillar a alguien en el acto. Finalemente, a diferencia de las palabras o imágenes no fijadas, los libros contaban con una superficie material sobre la cual se podían inscribir notas sobre el derecho de reproducción, marcas del editor y etiquetas con el precio.

El paso de lo mental a lo físico era aún más esencial en el caso de las patentes. Una patente, hasta hace poco, era ya sea una descripción de la forma que ciertos materiales deben adoptar para obtener un resultado, ya sea una descripción del procedimiento por el cual se obtiene tal forma. En ambos casos el núcleo conceptual de la patente era el resultado material. Si no podía obtenerse ningún objeto determinado a causa de una imposibilidad material, la patente era rechazada. No podía patentarse ni una botella de Klein (1) ni una pala de seda. El objeto de la patente debía de ser una cosa, y esta cosa tenía que funcionar.

Así es que los derechos sobre inventos y los derechos de autor eran conforme a las actividades del mundo físico. Uno no era remunerado por ideas, sino por haber sabido hacerlas realidad. En la práctica, el valor residía en el soporte y no en el pensamiento que este último transimitía.

En otras palabras, se protegía a la botella y no al vino.

Hoy por hoy, a medida que la información entra en el ciberespacio, que es la patria del espíritu, estas botellas desaparecen. Con la llegada de la numerización, se hace posible reemplazar todos los antiguos soportes de información por una meta-botella, hecha de arreglos complejos – e imposible más líquidos – de 1s y 0s.

Aún las botellas físico-numéricas a las que estamos acostumbrados, como los disquettes, CD-ROMs y otros embalajes distintos de bits condicionados en plástico, van a desaparecer cuando todos los computadores se enchufen a la red global. Quizás Internet jamás incluya todas las unidades centrales del planeta; pero todos los años más que se duplica y se puede esperar que se transforme en el principal medio de transferencia de información, si no el único.

Cuando hayamos llegado a ese punto, todos los bienes de la era de la información – todas las expresiones antaño contenidas en libros, películas, grabaciones o revistas – no existirán más que como puro pensamiento o como algo que se la parece bastante: impulsos eléctricos lanzándose por el Net a la velocidad de la luz, bajo condiciones tales que podremos ver sus efectos (píxeles brillando o sonidos transmitidos), pero jamás «poseérlos» en el antiguo sentido del término.

A esto podríamos rebatirle que la información aún requerirá de un elemento físico, algo como una existencia magnética en los titanescos discos duros de lejanos servidores, pero ésas son botellas que no son distinguibles macroscópicamente ni significativas personalmente.

Iguamente podríamos rebatir que hemos lidiado con expresiones sin botella desde la invención de la radio, y tendríamos razón. Pero durante buena parte de la historia de la transmisión audiovisual, no existió ningún medio práctico que permitiese capturar estos bienes inmateriales que se perdían en el éter electromagnético ni reproducirlos con una calidad que admita comparación con los soportes de información disponibles en el comercio. No es sino recientemente que todo esto cambió, y no se ha hecho casi nada, ni en el plano jurídico ni en el plano técnico, para acompañar este cambio.

De manera general, la pregunta si es que había que hacer pagar a los clientes por los productos de la transmisión ni siquiera se planteaba. El producto eran los clientes mismos. Los medios audiovisuales se financiaban ya sea por medio de la venta de la atención de su público a los anunciantes ya sea por medio de facturas cuyo monto era fijado por el gobierno, o aún por medio de una mendicidad lastimera con campañas anuales de apoyo.

Todos estos modelos de financiamiento están obsoletos. El financiamiento por medio de anunciantes o del gobierno casi invariablemente ensució la pureza de los bienes proveídos. Además, de todos modos, el marketing directo está matando a fuego lento el modelo de financiamiento por anunciantes.

De los medios audiovisuales heredamos otro método de remuneración por un producto virtual: los derechos de autor que las estaciones le abonan a los autores de las canciones a través de sociedades como la ASCAP y el BMI (2). Pero, como miembro de la ASCAP, puedo asegurar que no es ningún modelo a imitar. Los métodos de control son extremadamente aproximativos, y no hay ningún sistema paralelo de estimación del monto de los ingresos. Honestamente, en realidad no funciona.

Como sea, sin nuestros viejos métodos de definición física de la expresión de una idea, y ante la ausencia de nuevos modelos eficaces para los intercambios no físicos, simplemente no somos capaces de asegurar una remuneración fiable para las obras del espíritu. Para colmo de males, esto se produce en el momento mismo en que el espíritu humano empieza a reemplazar la luz solar y los depósitos minerales para constituirse como la principal fuente de la nueva riqueza.

Para más remate, la creciente dificultad de aplicación de las leyes existentes sobre la reproducción y patentes pone desde ya en peligro la fuente primaria de la propiedad intelectual: el libre intercambio de ideas.

En efecto, cuando en una sociedad los productos comerciales más importantes se parecen tanto a la palabra que no podemos distinguirlos de ésta, y cuando los métodos tradicionales de protección de la propiedad se averan ineficaces, los intentos de solucionar el problema por coerción inevitablemente constituyen una amenaza para la libertad de expresión.

A futuro la reducción de nuestras libertades quizás no provenga principalmente del gobierno, sino de los departamentos jurídicos de las grandes empresas, que harán todo lo posible para proteger porla fuerza lo que ya no puede ser protegido por las condiciones objetivas o por consenso social.

Cuando Jefferson y sus amigos, partidarios de la Ilustración todos, concibieron el sistema que dio a luz a la ley norteamericana del derecho de reproducción, su principal objetivo era garatizar la mayor difusión posible del pensamiento y no del lucro. El lucro era el carburador que debía llevar ideas a las bibliotecas y a las mentes de su nueva república. Las bibliotecas partirían a buscar libros, remunerando así a los autores por su trabajo de ensamblaje de ideas; por lo demás, éstas, «imposibles de circumscribir», estaría a libre disposición del público. Pero ¿cuál es el rol de las bibliotecas en ausencia de libros? ¿Cómo puede ahora la sociedad pagar por la difusión de ideas, sino facturando las ideas mismas?

Para complicar más el asunto se da el hecho que, además de las botellas físicas que constituían el fundamento de la protección de la propiedad intelectual, la tecnología numérica igualmente implica la eliminación de las juridicciones del mundo f?ica, las cuales son reemplazadas por el océanos sin límites, y quizás para siempre sin ley, del ciberespacio.

En el ciberespacio no sólo no hay fronteras nacionales ni locales que permitan delimitar el lugar de un crimen y determinar el procedimiento para reprimirlo, sino que tampoco existe un consenso cultural claro sobre lo que constituye un crimen. Las diferencias, fundamentales y persistentes, que distinguen a las culturas europeas y asiáticas en lo que a propiedad intelectual respecta no pueden más que exacerbarse en un espacio en donde numerosos intercambios se realizan en ambos hemisferios a la vez, a la vez que, de cierto modo, no se efectúan en ninguno de los dos.

Incluso en el cuadro lo más local posible, el derecho y la responsabilidad en materia numérica son difíciles de establecer. Hace algún tiempo, un grupo de editores de música emprendió demandas contra Compuserve (3) por haber autorizado a sus usuarios a subir composiciones musicales en sitios donde otros usuarios podrían copiarlas. Pero dado que Compuserve prácticamente no puede ejercer ningún control sobre los flujos de bits que intercambian sus suscriptores, la firma probablemente no será considerada responsable de haber «publicado» ilegalmente tales obras de música (4).

Las nociones de propuiedad, valor, posesión, y la naturaleza de la riqueza misma están cambiando de manera más profunda que nunca antes, desde que los Sumerios grabaron por primera vez caracteres cuneiformes en arcilla húmeda considerando que eran equivalentes a pilas de maíz. Muy pocas personas tienen conciencia de la enormidad de esta mutación, y hay muy pocos juristas o funcionarios entre ellos.

Los que ven venir estos cambios deben prepararse para remediar la confusión jurídica y social que aparecerá a medidas que los intentos de protección de las nuevas formas de propiedad con métodos antiguos se revelen, de manera cada vez más evidente,inútiles y, en consecuencia, inflexibles.

De la espada a la pluma, de la pluma a la pantalla

Hoy en día la humanidad está aplicada a crear una economía mundial que se basa principalmente en bienes sin forma material alguna. Al hacerlo, es posible que estemos suprimiendo todo vínculo previsible entre los creadores y ls justa remuneración por la utilidad o el placer que otros puedan obtener de sus obras.

Sin este vínculo, y a menos que haya un cambio profundo en la conciencia para compensar esta pérdida, nos estamos construyendo un futuro de furor, conflictos y rechazo institucionalizado a pagar (a menos que una restricción brutal nos obligue a hacerlo). Es muy posible que retornásemos a la era oscura de la propiedad.

En los períodos más oscuros de la historia del hombre, la posesión y la repartición de la propiedad eran ante todo un asunto militar. La «propiedad» era fruto del empleo de los instrumentos más desagradables que hayan – desde los puños hasta los ejércitos – y de la decidida voluntad de utilizarlos. La propiedad era el derecho divino del bruto.

A partir del año mil de la era cristiana, el nacimiento de una clase de mercaderes y de una nobleza de tierras condujo al desarrollo de una concepción ética para la resolución de los conflictos de propiedad. Al final de la edad media, gobernantes iluminados como el rey de Inglaterra Enrique II empezar a condificar tal «derecho común» no escrito constituyéndolo en recopilados. Estas leyes eran locales, pero eso no tenía importancia ya que ateñían principalmente a la propiedad de bienes raíces (real estate), que por definición es una forma de propiedad local. Por lo demás, como su nombre lo indica, la propiedad raíz es muy «real».

Mientras la agricultura siguió siendo el fundamento de la riqueza, esta situación se mantuvo, pero con la llegada de la revolución industrial, la humanidad comenzó a darle tanta importancia a los medios como a los fines. Los instrumentos adquirieron entonces un nuevo valor social y, por su propio desarrollo, se hizo posible reproducirlos y difundirlos a gran escala.

Para fomentar su invención, en la mayoría de los países occidentales fueron elaboradas leyes acerca de la reproducción y las patentes. Se le confiaba a estas leyes la delicada tarea de reconocer la existencia de creaciones mentales en el mundo, donde podían ser utilizadas – y entrar en el espíritu de otros -a la vez que de asegurar a sus inventores una recompensa por su valor de uso. Y como hemos dicho más arriba, el sistema jurídico y práctico desarrollado con tal objetivo estaba fundado en la expresión física.

Como hoy es posible transimitir ideas de un espíritu al otro sin nunca darle una forma física, ahora aspiramos a la propiedad de las ideas mismas y no sólo de su expresión. E igualmente como hoy es posible crear instrumentos útiles que nunca toman una forma física, nos pusimos a patentar abstracciones, secuencias de eventos virtuales y fórmulas matemáticas – la propiedad menos «real» que pueda haber.

En ciertos sectores ésto da cabida a derechos de propiedad cuya qualificación es tan ambigua que volvemos a una situación en que la propiedad le pertenece a los que puedan mobilizar ejércitos más poderosos. La única diferencia es que esta vez se trata de armadas de juristas.

Amenazando a sus oponentes con el purgatorio sin fín de las demandas judiciales, al que sin duda muchos preferirían la mismísima muerte, pretenden tener derecho sobre cualquier pensamiento que podría habérsele atravesado por el cráneo a cualquier persona del cuerpo colectivo que son las grandes empresas a las que les sirven. Actúan como si estas ideas apareciesen totalmente separadas de todo pensamiento humano preexistente. Y pretenden que tener la idea de un producto y fabricarlo, difundirlo, venderlo, todo eso es más o menos lo mismo.

Lo que otrora fuere considerado como un recurso común de la humanidad, difundido por todos los intelectos y bibliotecas del mundo, al igual que los fenómenos naturales mismos, ahora está clausurado y reglamentado.Es como si hubiese aparecido un nuevo tipo de empresa que pretendiera poseer el aire y el agua.

¿Qué se puede hacer al respecto? Aunque podamos experimentar cierto oscuro contento, danzar sobre la tumba del derecho de reproducción y las patentes no resolverá nada, sobre todo si poca gente está dispuesta a admitir que quien ocupa esta tumba está realmente muerto y se esfuerzan por mantener por la fuerza aquello que ya no sostiene el consentimiento popular.

Los legalistas, desesperados de perder su poder, hacen todo lo que puede por extenderlo. En efecto, los Estados Unidos y los otros partidarios del GATT [Acuerdo General sobre Impuestos y Comercio] (5) hacen de la adhesión a nuestros sistemas moribundos de propiedad intelectual una condición sine qua non para formar parte del gran mercado de las naciones. China, por ejemplo, no recibirá el estatuto comercial del «país más favorizado» si no acepta sostener un conjunto de principios que le son culturalmente ajenos y que desde ya han dejado de ser aplicables en su país de origen.

En un mundo mejor, tendríamos la sabiduría de instaurar una moratoria sobre los litigios, la legislación y los tratados internacionales que conciernen a este sector mientras no tengamos una noción más clara de lo que significa «emprender» en el ciberespacio. Idealmente, las leyes confirman un consenso social ya vigente. No constituyen el contrato social mismo, sino que son una serie de textos que expresan una intención colectiva fruto de varios millones de interacciones humanas.

La humanidad no habita el ciberespacio hace suficiente tiempo y no ha tenido una experiencia lo suficientemente diversa como para haber elaborado un contrato social conforme a las extrañas características de este nuevo mundo. Las leyes elaboradas antes de tal consenso en general se conforman a los interes de unos pocos ya bien establecidos que las hacen votar, y no a los de la sociedad en su conjunto.

Por mucho que estén reducidos, el derecho y la práctica social existentes en este sector ya se oponen peligrosamente. Las leyes respecto a la reproducción sin autorización de programas comerciales son claras, severas… y escasamente respetadas. Las leyes contra la piratería de software son prácticamente inaplicables, y su transgresión se ha vuelto tan aceptable socialmente que sólo una pequeña minoría de los usuarios se obliga, por miedo o escrúpulos, a obedecerlas.

A veces hago conferencias al respecto, y siempre pregunto cuántas personas del público pueden pretender honestamente que no tienen ningún software ilegal en sus discos duros. Nunca he visto más del diez por ciento de las manos levantarse.

Cuando existe una divergencia tan profunda entre el derecho y la práctica social, no es la sociedad la que se adapta. Y frente a la ola apabullante del uso, la práctica habitual de los editores de software, que consiste en lanzarse contra ciertos chivos expiatorios bien visibles, es tan obviamente aleatoria que no hace más que disminuír el respeto por la ley.

Parte del desprecio popular ampliamente repandido hacia los derechos de reproducción de programas comerciales viene de la incapacidad de los legisladores para comprender las condiciones en las que nos encontramos. Postular que sistemas jurídicos fundados en el mundo físico van a aplicarse a un ambiente tan diferente a este mundo como lo es el ciberespacio es una locura que todos los actores económicos del futuro van a pagar caro.

Como voy a mostrarlo en la siguiente parte de este discurso, la propiedad intelectual en último término es muy distinta a la propiedad física y no puede seguir siendo protegida como si tales diferencias no existieran. Por ejemplo, si seguimos postulando que la base del valor es la rareza, como es el caso por los objetos del mundo físico, crearemos leyes exactamente opuestas a la naturaleza de la información, pues en muchos casos el valor de ésta aumenta en la misma proporción en que aumenta su difusión.

Las grandes instituciones enemigas del riesgo que tienen mayor interés en mantener las viejas reglas del juego van a sufrir por sus costumbres. Mientras más juristas, armas de fuego y dinero mobilicen para proteger sus derechos o en la lucha contra los derechos de su contrincantes, más se parecerá la competencia comercial a la ceremonia del potlach de los Kwakiutl, en la cual los adversarios se confrontaban destruyendo sus propios bienes. Su capacidad de producir nuevas tecnologías quedará paralizada en cada uno de sus intentos, lo que no hará más que enterrarlos más profundo en el pozo sin fondo de las guerras de procedimientos.

La confianza en los derechos de autor no será una estrategia eficaz para las grandes empresas de alta tecnología. El derecho se adapta por cambios continuos, y a un ritmo casi tan lento como el de la geología. La tecnología avanza a golpes, como las etapas de una evolución biológica acelerada grotescamente. Las características del mundo real van a seguir mutando a una velocidad abismal, ahondando diferencias con el derecho, siempre atrasado y enrollado. Esta contradicción es permanente.

Las economías promentedoras fundadas en productos puramente numéricos nacerán completamente paralizadas – como parece ser el caso para el multimedia -, excepto si sus propietarios se rehusan absolutamente, con coraje y determinación, a meterse en el juego de la propiedad.

En Estados Unidos, ya se puede ver una economía paralela desarrollándose, sobre todo en las pequeñas empresas de rápida evolución, que protegen sus ideas lanzándolas al mercado más rapido que su competencia de mayor tamaño, la cual funda su protección en el terror y el litigio.

Quizás los que representan el problema se pondrán ellos mismos en cuarentena en los tribunales, mientras que los que representan la solución crearán una nueva sociedad fundad principalmente en la piratería y la filibustería. Cuando el sistema actual de propiedad intelectual se haya desmoronado, como parece inevitable, bien es posible que ninguna otra estructura jurídica venga a tomar su lugar.

Pero algo sucederá. Las personas siempre harán negocios. Cuando una divisa deja de circular, los negocios se hacen recurriendo al trueque. Cuando se desarrollan sociedades fuera de la ley, elaboran sus propios códigos no escritos con sus prácticas y sus sistemas éticos. Si la tecnología puede destruir la ley, la tecnología provee métodos para restablecer los derechos de la creación.

Anatomía de la información

Me parece que lo más constructivo que podamos hacer al día de hoy es comprender la verdadera naturaleza de lo que intentamos proteger. ¿Qué sabemos realmente de la información y de su comportamiento natural?

¿Cuáles son las características esenciales de la creación sin restricciones? ¿En qué es diferente de las anteriores formas de propiedad? ¿Cuáles son nuestras ideas al respecto que nos tratan en realidad sobre los contenedores antes que su misterioso contenido? ¿Cuáles son las diferentes especies de información y cómo cada una de ellas puede prestarse para el control? ¿Qué tecnologías son útiles para la creación de nuevas botellas virtuales que puedan reemplazar a las antiguas botellas físicas?

Por supesto que la información por su naturaleza es intangible y difícil de definir. Como otros fenómenos tales como la luz o la materia es el sitial natural de paradojas. Y al igual que para compreder lo que es la luz hay que considerarla a la vez como partícula y como onda, podemos hacernos una idea de lo que es la información tomando en cuenta sus diversas propiedades, las cuales podríamos describir por medio de las tres proposiciones siguientes:

1° La información es una actividad ;

2° la información es una forma de vida ;

3° la información es una relación.

Ahora voy a examinar cada una de estas propisiciones.

1° La información es una actividad.

– La información no es un substantivo, es un verbo.

Una vez liberada de su contenedor, resulta evidente que la información no es una cosa. De hecho, la información es un evento producido en el campo de interacción entre intelectos, objetos u otros elementos de información.

Gregory Bateson (6), ampliando la teoría de la información de Claude Shannon, dijo: «La información es una diferencia que produce una diferencia». Así, la información realmente no existe más que en el delta. La producción de esta diferencia es una actividad que sucede dentro de una relación. La información es una acción que ocupa tiempo y no un tipo de ser que ocupe un espacio físico, como por ejemplo los bienes concretos. La información es el lanzamiento de la pelota y no el baseball; es la danza y no la bailarina.

– La información no se posee, se experimenta.

Incluso cuando está encarnada de forma estática como un libro o un disco duro, la información sigue siendo un acontecimiento que nos sucede cuando la liberamos mentalmente del código que permite almacenarla. Pero por más que se transmita a ritmo de tantos gigabytes por segundo o de tantas palabras por minuto, la verdadera decodificación es un proceso que no puede ser efectuado más que por y en un intelecto, un proceso que debe desarrollarse en el tiempo.

Hace algunos años se podía ver en el Bulletin of atomic scientists una viñeta que ilustraba maravillosamente este punto. En el dibujo, un asaltante le apuntaba su pistola a un tipo de lentes que tenía aspecto de haber juntado bastante información en su cabeza. «¡Rápido, decía el bandido, pásame todas tus ideas!»

– La información debe estar en movimiento.

Se dice que los tiburones mueren de asfixia si dejan de nadar, y se podría decir casi lo mismo de la información. Una información que no está en movimiento deja de existir, como todo aquello que es solamente potencial… al menos hasta que se le permita volver a estar en movimiento. De ahí que la práctica de atesorar información, habitual en las burocracias, es una actitud particularmente errónea heredada de sistemas de valor basados en la propiedad física.

– La información no se distribuye, se propaga.

La manera cómo se difunde la información también es muy distinta a la distribución de bienes físicos. Se parece más a un ser natural que a un producto manufacturado. Puede difundirse por concatenación, como dominós cayendo el uno después del otro, o desplegarse en una estructura fractal como la escarcha en la ventana, pero no es posible transportarla como una cosa más que en sentido en que puede ser contenida en una cosa. No solamente se desplaza; deja un rastro por donde quiera que haya pasado.

La diferencia económica fundamental entre la información y la propiedad física es que la información puede ser transferida sin dejar de estar en posesión de quien la tenía inicialmente. Si te vendo mi caballo, ya no puedo montarlo. Si te vendo lo que sé, ahora somos dos los que lo sabemos.

2° La información es una forma de vida

– La información quiere ser libre.

Generalmente se le atribuye a Stewart Brand tal elegante formulación de la evidencia («la información quiere ser libre»), que expresa a la vez el deseo natural que tienen los secretos de ser revelados y el hecho que bien podrían tener algo así como un «deseo».

El biólogo y filósofo inglés Richard Dawkins propuso la idea de los «memes», esto es, segmentos de información autoreproductibles que se propagan por la ecología de los intelectos, y dijo que eran similares a formas de vida (7).

Por mi parte yo pienso que son formas de vida completas, pero que son análogos a átomos de carbono. Se autoreproducen, interactúan con su medio y se adaptan a él, están sujetos a mutaciones, perseveran en su ser. Como toda forma de vida, evolucionan de forma a llenar todo el espacio disponible que le ofrece su medio local, que en la ocasión son los sitemas de creencias y la cultura de sus huéspedes, es decir nosotros mismos.

Los sociobiólogos como Dawkins estiman plausible que formas de vida a base de carbono también sean información, ya que al igual que la gallina es el medio que tiene un huevo de fabricar otro huevo, todo el espectáculo de la vida no es otra cosa que el medio que tiene una molécula de ADN para copiar otras secuencias de información exactamente iguales a sí misma.

– La información se reproduce en los intersticios de lo posible.

Como las hélices de ADN las ideas son unas expansionistas incorregibles, siempre buscando nuevas ocasiones de ensanchar su espacio vital. Y al igual que la naturaleza a base de carbono, los organismos más resistentes son expertos en el arte de descubrir nuevos lugares de vida. Así, tal como la mosca común se ha insinuado en casi todos los ecosistemas del planeta, el «meme de la vida después de la muerte» ha encontrado lugar en la mayoría de los intelectos, es decir, en la mayoría de las psico-ecologías.

Las ideas, imágenes o canciones de mayor resonancia universal son las que entran en el mayor número de intelectos y se quedan ahí. Intentar detener la difusión de una secuencia de información realmente resistente es más o menos lo mismo que intentar impedir que un ejambre de abjeas cruce la frontera. Estas cosas se repanden, hagamos lo que hagamos.

– La información quiere modificarse.

Si las ideas y otros modelos de información interactiva son formas de vida, podemos esperar que estén constantemente evolucionando hacia formas más adaptadas a su ambiente. Y efectivamente es lo que no dejan de hacer, como podemos constatarlo.

Pero durante mucho tiempo, nuestros medios estáticos – estemos hablando de incisiones sobre piedras, tinta sobre papel, colorantes sobre celuloid – se han resistido con fuerza al impulso evolucionista, por ende exaltando la capacidad del autor de determinar el producto final. Pero como en la tradición oral, la información numerizada no conoce algo como un «montaje final».

La información numérica, cuando no está sellada, es un proceso continuo, más cercano a los cuentos prehistóricos, en perpetua metamorfosis, que a cualquier cosa que pueda ser embalada en plástico. Del neolítico a Gutenberg, la información pasó de boca a oreja, modificándose cada vez que era repetida (o reencantada). Las historias que, antiguamente, daban forma a nuestra percepción del mundo no tenían una versión autorizada. Se adaptaban a cada comunidad que quisiese recibirlas.

Porque no existía un momento en que la historia quedase fija al imprimirla, el llamado «derecho moral» de los cuenta cuentos de reservarse la propiedad de sus cuentos no era protegido, ni siquiera reconocido. Simplemente la historia pasaba de unos a otros, tomando una forma distinta a cada vez. Al momento que retornamos a la información continua, podemos esperar que la importancia del autor disminuya. Es muy posible que los creadores tengan que volver a una actitud más humilde.

Pero nuestro sistema de derechos de reproducción no hace ningún tipo de concesión para expresiones que nunca quedan definitivamente estabilizadas, e ignora las expresiones culturales que no tienen autor o inventor preciso.

Las improvisaciones de jazz, los one-man-shows, las representaciones de pantomima, los monólogos, las emisiones no grabadas, todas estas manifestaciones están desprovistas de la fijación en forma «escrita» requerida por ley. Al no quedar fijadas por la publicación, las obras líquidas del futuro se parecerán a todas estas formas que se adaptan y se modifican continuamente, y serán por ende ajenas al derecho de reproducción.

Una especialista del derecho de reproducción, Pamela Samuelson (8), cuenta que el año pasado asistió a un coloquio cuyo objetivo era determinar si los países occidentales pueden apropiarse legítimamente la música, los dibujos y la tradición biomédica de los pueblos aborígenes sin tener que darle compensación alguna a su tribu de orígen, teniendo en cuenta el que la tribu no es ni un «autor» ni un «inventor».

Pero pronto, la mayoría de la información será engendrada colectivamente por las tribus nómades de cazadores-recolectores del ciberespacio. Nuestra arrogante negación jurídica de los derechos de los «primitivos» pronto volverá a penarnos.

– La información es perecible

Salvo para el caso (excepcional) de los clásicos, la gran mayoría de la información es analogable a la producción agrícola. Su calidad se ve rápidamente reducida en función del tiempo y de la distancia respecto a la fuente de producción. Pero incluso en la misma fuente, su valor es altamente subjetivo y condicional. El diario de ayer tiene un gran valor ante los ojos del historiador. Para él, mientras más antiguos más valor tienen. Al inverso, un cotizador de la bolsa puede considerar que la reseña de un acontecimiento sucedido hace más de una hora ha perdido todo su valor.

3°La información es una relación

– El sentido es el que tiene valor y nunca es dos veces igual.

En la mayoría de los casos, le asignamos valor a la información según su sentido. El lugar en que la información reside, el lugar sagrado en que la transmisión se vuelve recepción, tienen varios trazos característicos que varían en función de la relación entre emisor y receptor, al igual que de la profundidad de su interacción.

Cada una de estas relaciones es única. Aún cuando el emisor es un medio audiovisual que no recibe ningún tipo de respuesta, el receptor nunca es realmente pasivo. La recepción de la información a menudo es un acto no menos creativo que su producción.

La valor de aquello que se transmite depende por completo, para cada individuo, de los modos de su recepción, con la presencia o no de los elementos indispensables – terminología común, atención, interés, idioma, paradigma – para que lo recibido adquiera sentido.

La comprensión es un elemento esencial, cada vez más dejado de lado a medida que la información tiende a convertirse en una mercadería. Cualquier conjunto de hechos, útiles o no, inteligibles o impenetrables, pertinentes o insignificantes, puede constituir un conjunto de datos. Los computadores pueden producir nuevos datos durante toda la noche sin intervención humana, y el resultado puede ser vendido bajo la etiqueta de información. Puede o no tratarse de verdadera información. Sólo el ser humano puede reconocer el sentido que hace la diferencia entre información y datos.

En efecto la información, en el sentido económico del término, son datos filtrados a través de un intelecto humano singular y dotados de sentido al interior de ese contexto mental preciso. Lo que es información para Pedro no es más que un montón de datos para Pablo. Si ud. es antropólogo, mis tablas detalladas de las estructuras de parentezco de los Tasaday quizás le resulten una información esencial. Si ud. es un banquero de Hong-Kong, con suerte pueda considerarlo como un dato.

– La difusión tiene más valor que la escacez

En el caso de los bienes físicos, en general existe una correlación directa entre su escacez y su valor. El oro es más valioso que el trigo aunque no sea comestible. Con la información se produce justo lo inverso. Para la mayoría de los bienes informáticos su valor aumenta con su disponibilidad. La familiaridad es una característica importante en el mundo de la información. Cuando se quiere aumentar la demanda de un producto, a menudo lo mejor que se puede hacer es difundirlo gratuitamente.

Aunque ésto no siempre haya sido cierto en el caso del shareware (9), se podría sostener que existe una correlación directa entre cuánto es pirateado un programa y la cantidad de ejemplares vendidos. Los programas más pirateados (como por ejemplo Lotus 1-2-3 o WordPerfect) se transforman en la norma y se benefician del aumento de su rentabilidad fruto de la familiaridad con ellos.

Respecto a mi propio producto informático, las canciones de rock, no cabe duda que el grupo para el que escribo – los Grateful Dead – aumentó enormemente su popularidad difundiéndolas gratuitamente. Dejamos a la gente grabar nuestros conciertos desde principios de los años setenta y esta práctica, lejos de hacer bajar la demanda por nuestro producto, gracias a la popularidad de estas grabaciones contribuyó a convertirnos en el grupo más seguido en los Estados Unidos.

A decir verdad no me llega un céntimo de los millones de ejemplares de mis canciones que se han sacado de los conciertos, pero no veo ninguna razón para quejarme. Ya que nadie más que los Grateful Dead puede tocar una obra de los Grateful Dead, aquellos que quieran tener la experiencia y no se contentan con un pálido reflejo registrado están obligados a comprar un ticket para venir a vernos a nuestros conciertos. En otras palabras, la protección de nuestra propiedad intelectual proviene del hecho que somos su única fuente en tiempo real.

– La exclusividad tiene valor.

El problema con un modelo que invierete completamente la relación física entre escacez y valor es que, a veces, el valor de la información reside en gran parte en su escacez. La posesión exclusiva de ciertos datos los hace más útiles. Si todo el mundo conoce las circunstancias que harán subir el precio de una divisa, esta información no tiene valor alguno.

Pero, nuevamente, aquí el factor determinante en la mayoría de los casos es el tiempo. No importa mucho que este tipo te información termine por llegarle a todo el mundo. Lo que cuenta es estar entre los primeros en tenerla y utilizarla. En general, los secretos estratégicos no duran indefinidamente, pero pueden durar lo suficiente para hacer avanzar la causa de sus detentores.

– El punto de vista y la autoridad tienen valor.

En un mundo de realidades flotantes para el cual no disponemos más que de mapas contradictorios, las ganancias serán para los comentadores cuyos mapas parecerán más adaptadas a los territorios que describen, es decir que ofrecerán a sus usuarios resultados previsibles.

En el dominio de la información estética – ya sea poesía o rock’n’roll -, la gente querrá comprar o no el nuevo producto de un artista sin conocerlo según la experiencia agradable o desagradable que haya tenido de sus obras precedentes.

La realidad es una edición. La gente está dispuesta a remunerar la autoridad de los editores cuyo punto de vista particular mejor les conviene. El punto de vista es un activo que no puede ser objeto de robo ni de copia. Nadie más que Esther Dyson vé el mundo como ella, y el precio que cobra por su boletín es el precio del privilegio de ver el mundo a través de su mirada singular.

– El tiempo reemplaza al espacio.

En el mundo físico, el valor está ampliamente fundado sobre la posesión o la proximidad espacial. Se posee aquello que se encuentra al interior de fronteras espaciales precisas, y la capacidad de actuar directamente, exclusivamente y como uno quiera sobre lo que se encuentre entre estas fronteras constituye el derecho principal que confiere la propiedad. Existe, por supuesto, una relación entre valor y escacez – una limitación espacial.

En el mundo virtual, la proximidad temporal es un valor determinante. Un producto informático generalmente tiene tanto más valor cuanto el cliente esté cercano al momento de su expresión – una limitación temporal. Muchas informaciones se degradan rápidamente en función del tiempo y de su reproducción. Su pertinencia disminuye a medida que el territorio que describen se modifica. El ruido aumenta y la precisión se pierde cuando nos alejamos del punto en que la información fue producida por primera vez.

Así, la experiencia es muy distinta cuando escuchamos una grabación de los Grateful Dead que cuando asistimos a un concierto de Grateful Dead. Mientras más cerca estemos de la fuente de un flujo informático, más probabilidades tenemos de hallar en éste una imagen precisa de la realidad. En una época en que la reproducción es fácil, la información abstracta extraída de la experiencia popular se propaga desde el momento de su producción para llegar a todas las personas interesadas. Pero es bastante fácil restringir la experiencia real del evento deseable, sea éste un K.O. o un riff de guitarra, de modo a que sólo los que quieran pagar por asistir puedan disfrutarlo.

– La protección de la ejecución.

En la ciudad de paisanos de la que vengo, el hecho de tener ideas no significa mucho. Se es jugado por lo que uno sabe hacer de ellas. Peinso que más las cosas se aceleran, más la ejecución se vuelve la mejor protección para las ideas que se convierten en productos físicos. En otras palabras, como lo dijo alguna vez Steve Jobs, «los verdaderos artistas se tiran a la piscina». Los que se llevan la parte del león en general son los que llegan primeros al mercado (y que disponen de fuerza organizacional suficiente como para mantenerse a la cabeza).

Pero muchos de entre nosotros, obnubilados por el comercio de la información, parecen pensar que la originalidad por sí sola es suficiente para aportar valor y para justificarse, con ayuda de las garantías jurídicas adecuadas, un salario regular. En realidad, la mejor manera de proteger la propiedad intelectual es actuar. No basta con inventar y patentar, además hay que innovar. Hay quienes dicen que patentar el microprocesador antes que Intel. Quizás sea cierto, pero si hubieran sacado microprocesadores al mercado antes que Intel, sus declaraciones serían mucho más convincentes.

– La información es su propia recompensa.

Hoy en día es un lugar común decir que el dinero es información. Con excepción de los krugerrands (10), los billetes arrugados que sirven para pagar el taxi, y el contenido de los maletines que se supone que transportan los barones de la droga, la gran mayoría de las transacciones monetarias en el mundo informatizado se hacen en forma de secuencias de 1s y 0s. La plata circula por todo el planeta, fluída como el agua, por la Red. Es igualmente evidente, como lo hemos mostrado, que la información se ha vuelto tan esencial para la creación de la riqueza moderna como otrora la tierra y el sol.

Lo que es menos evidente es que la información adquiere un valor intrínseco, no como medio para adquirir otra cosa, sino como objeto mismo de la adquisición. Supongo que ya era caso desde antes, aunque menos explícitamente. En política y en las universidades, el poder siempre ha estado ligado estrechamente a la información.

Sea como sea, a medida que gastamos cada vez más dinero para obtener información, comenzamos a darnos cuenta que podemos comprar información con información y que este simple intercambio económico no requiere ninguna conversión previa del producto a divisas. He ahí un desafío para los amateurs de la precisión contable, porque las tasas de cambioo en materia de información (dejando a un lado la teoría de la información) son demasiado borrosas para ser cuantificadas con precisión decimal.

No obstante la mayoría de lo que compra un Estado Unidense de clase media poco o nada tiene que ver con la sobrevivencia. Compramos belleza, prestigio, experiencia, cultura y todos los placeres oscuros de la posesión. La mayoría de estas cosas no sólo pueden expresarse en términos inmateriales, también pueden ser adquiridas por medios no materiales.

En seguidad vienen los inefables placeres de la información misma, la alegría de aprender, de saber y de enseñar. La extraña sensación de bien estar producida por la información que entra y que sale. Jugar con ideas es una recreación que la gente parece dispuesta a pagar caro, a juzgar por el mercado de los libros y de los coloquios. Todo indica que gastaríamos aún más en tales placeres si no fueran tan frecuentes las ocaciones de pagar ideas con otras ideas.

Ésto explica buena parte del trabajo colectivo «benévolamente» que se lleva a cabo en los archivos, foros de discusiones y bases de datos en Internet. Sus habitantes no trabajan a cambio de «nada», como se suele decir. No son remunerados monetariamente, sino por otra cosa. Es una economía hecha casi por completo de información.

Es muy posible que ésta se convirtiera en la forma dominante del intercambio humano, y quizás estaríamos en un grave error si porfiamos en concebir la economía sobre una basa estrictamente monetaria.

Cómo ganarse la vida en el ciberespacio

Apenas comienzo a pensar a la relación entre todo lo precedente y las soluciones que se pueden aportar a la crisis de la propiedad intelectual. Es una experiencia intelectual bastante interesante considerar la información desde una mirada sin prejuicios, observar hasta que punto es diferente del metal o de las costillas de cerdo, e imaginar la jurisprudencia absurda que vamos a acumular si seguimos tratando la información, en el ámbito del derecho, como si fueran costillas de cerdo.

Como ya lo he repetido, creo que esas pilas de vasija pasada de moda no serán más que cenizas en el curso del próximo decenio, y nosotros, los mineros del espíritu, no tendremos otra opción que remitirnos a sistemas que sí funcionen.

Mi visión de nuestras perspectivas no es tan oscura como los que han leído hasta acá esta jeremiada podrían imaginar. Soluciones van a salir a la luz. Como la naturaleza, el comercio tiene horro del vacío.

Uno de los aspectos de la «frontera electrónica» que siempre hallé de los más seductores – y es la razón por la cual Mitch Kapor y yo utilizamos esta fórmula para dar nombre a nuestra fundación – es su parecido con el Oeste Estado Unidense del siglo XIX. En efecto, en ambos se acorda preferencia naturalmente a los mecanismos sociales nacidos de las circunstancias y rechazan aquellos que son impuestos del exterior.

Hasta que el Far West fuera colonizado y «civilizado» por completo durante este siglo, en él el órden se basaba en un código no escrito, que tenía la fluidez y la etiqueta y no la rigidez de la ley. La etiqueta pesaba más que las relgas. Se prefería el acuerdo amisotos antes que las leyes, las que, de todas formas, eran del todo inaplicables.

Creo que el derecho como lo entendemos fue forjado para proteger los intereses nacidos durante las dos «olas económicas» que Alvin Toffler definió con precisión en su libro La Tercera Ola (11). La primera ola se basaba en la agricultura y necesitaba el derecho para organizar la propiedad de la principal fuente de producción: la tierra. Con la segunda ola, la industria se convirtió en el principal motor de la economía, y el derecho moderno se estructuró al rededor de las instituciones centralizadas que requerían que sus reservas de capital, mano de obra y material fuesen protegidas.

Estos dos sistemas económicos exigían estabilidad. Sus leyes fueron concebidas para resistir al cambio y para asegurar cierta constancia de la repartición dentro de un grupo social relativamente estable. Los espacios de libertad debían ser restringidos para que se preservase la previsibilidad indispensable para la gestión de la tierra y la formación del capital.

En la tercera ola a la cual nos hemos subido, la información reemplaza en gran parte la tierra, el capital y los materiales ; por lo demás, como lo indiqué en la sección anterior, la información pide un entorno mucho más fluído y adaptable. Es muy posible que la tercera ola implique una modificación profunda de los fines y de los métodos del derecho, modificación que irá mucho más allá de los textos que regulan la propiedad intelectual.

El «terreno mismo» – la arquitectura de la Red – puede asegurar varias de las tareas que antes eran ejercidas por la obligación legal. Por ejemplo, quizás ya no sea necesario garantizar constitucionalmente la libertad de expresión en un ambiente en que, según la expresión de mi amigo John Gilmore, cofundador de la EFF, «trata la censura como un disfuncionamiento y logra evadirla para difundir las ideas proscritas».

Pueden nacer mecanismos de regulación similares para atenuar las discontinuidades sociales, en vez de las intervenciones legislativas que antes eran necesarias para llegar al mismo resultado. En la Red, es posuble que estas diferencias sean cubiertas por un tejido continuo que conecta tanto como separa.

Pese a su brutal dominio sobre la antigua estructura jurídica, las empresas que comercian información probablemente descubrirán que los tribunales, cada vez más incapaces de tratar de manera sensata los asuntos tecnológicos, no obtendrán resultados lo suficientemente previsibles como para que les sean útiles en su estrategia a largo plazo. Cada conflicto jurídico se parece a una ruleta rusa, en que el resultado depende de la mayor o menor incompetencia del presidente del tribunal.

Un «derecho no codificado o adaptable», a la vez que tan «rápido, vago e incontrolable» como otras formas en nacimiento, probablemente tiene más posibilidades, a estas alturas, de producir algo así como una justicia. De hecho, ya podemos ver desarrollarse nuevas prácticas adaptadas a las condiciones del comercio virtual. Las formas de vida informáticas son métodos evolutivos que garantizan por sí mismas la persistencia de su reproducción.

Un ejemplo : mientras la letra chica en el embalaje de un disco comercial enumera escrupulosamente las reglas que deberá acatar quien lo abra, muy poca gente se toma el tiempo de leer estas cláusulas y casi nadie las sigue al pié de la letra. No obstante, el mercado del software sigue siendo un sector bastante sano de la economía estado unidense.

¿Por qué ésto? Porque, al parecer, la gente compra los programas que realmente utiliza. Una vez que un programa se vuelve indispensable para nuestro trabajo, queremos la última versión, la mejor asistencia técnica, los manuales originales, en fin todos los privilegios que confiere la propiedad. Son este tipo de consideraciones prácticas, y no una legislación ineficaz, las que llevarán a la gente a comprar un producto que fácilmente se podrían procurar gratis (12).

No niego que ciertos programas sean comprados en nombre de la ética o de la conciencia abstracta de que no comprarlos singificará el fin de su producción, pero aquí dejo de lado ese tipo de motivaciones. Estoy convencido que el fracaso del derecho accareará casi seguro, por compensación, un renacer de la ética como fundamento de la vida social; pero es una convicción que no tengo tiempo de desarrolar aquí.

Mientras tanto pienso que, como en el caso de más arriba, la compra de software será guiada ante todo por consideraciones prácticas, las cuales todas corresponden a las propiedades reales de la información numérica. Es allí donde reside su valor, y éste bien puede ser manipulado y protegido por la tecnología.

El enigma sigue siendo un enigma. Pero comienzo a vislumbrar las pistas que pueden llevarnos a una solución; en parte se sustentan en la generalización de las soluciones prácticas ya existentes.

La relación y sus instrumentos

A mi parecer una idea es determinante para la comprensión del comercio líquido: ante la ausencia de objetos, la economía de la información estará basada en la relación antes que en la posesión.

Uno de los modelos de lo que será a futuro la transferencia de la propiedad intelectual es la ejecución en tiempo real. Este medio sólo es de uso corriente en el teatro, la música, las conferencias, los one-man-shows y la pedagogía. Creo que la noción de ejecución va a generalizarse al punto de incluír la gran mayoría de la economía de la información, desde las series rosa de televisión hasta el análisis financiero. Entonces los intercambios económicos se parecerán más a la compra de tickets para un espectáculo permanente que a la compra de distintas unidadesd de mercadería conocidas de antemano.

El otro modelo es, por supuesto, el servicio. Toda la clase de las profesiones de servicio – médicos, abogados, consultores, arquitectos, etc. – ya está recibiendo una remuneración directa de su propiedad intelectual. No se necesita legislación sobre el derecho de reproducción cuando uno trabaja a honorarios.

De hecho, este modelo se aplicó hasta finales del siglo XVIII a la gran mayoría de lo que hoy está sometido al derecho de reproducción. Antes de la industrialización de la creación los escritores, compositores, artistas y similares producían sus obras como servicio privado rendido a un mecenas. En ausencia de objetos a difundir en un mercado de masas, los creadores volverán a una condición más o menos parecida a ésta, excepto que estarán al servicio de muchos mecenas y ya no de uno solo.

Ya asistimos al nacimiento de empresas cuya existencia se basa en el soporte y la mejora del software que producen sin por eso venderlos embalándolos en celofán o ahogándolos en medio de un montón de gadgets.

La nueva empresa de Trip Hawkins, 3DO, especializada en la creación y concesión de herramientas multimedia, es un ejemplo de lo que describo. 3DO no pretendo producir ningún programa comercial y no va a venderla nada al usuario final. De alguna manera jugará el rol de un conceptualizador de normas privadas, sirviendo como intermediario entre los creadores de software y otros productos, que serán sus concesionarios. Proveerá el punto de intersección de las relaciones que mantendrán toda clase de entidades las unas con las otras.

En cualquier caso, nos consideremos como proveedores de servicios o como autors-ejecutores, la futura protección de nuestra propiedad intelectual va a depender de nuestra capacidad para controlar nuestra relación con el mercado – una relación que, es muy probable, va a vivir y evolucionar durante cierto lapso de tiempo.

El valor de esta relación residirá en la calidad de la ejecución, la singularidad de nuestro punto de vista, la validez de nuestras competencias, su pertinencia respecto al mercado y, condición esencial, la posibilidad que tendrá este mercado de acceder a nuestros servicios creativos de forma rápida, cómoda e interactiva.

Interacción y protección

A futuro la interacción directa garantizará eficazmente la protección de la propiedad intelectual y ya es el caso, a decir verdad. Nadie sabe cuánta gente, luego de piratear un programa, han terminado por comprar una copia autorizada después de haber llamado al editor para algún asunto de asistencia técnica y haberse percatada que ésta no se daba más que a cambio de un comprobante de compra; estaría tentado de creer que su número es bastante elevado.

El mismo tipo de control será aplicable a las relaciones del tipo «pregunta-respuesta» entre una autoridad (o artista) y los que busquen su expertise. Los boletines, revistas y libros se verán completados por la posibilidad de ofrecer a sus suscriptores el hacerle preguntas directamente a los autores.

La interactividad será un servicio que se podrá facturar, aún en ausencia de autor. A medida que la gente entre en la Red y se acostumbren a buscar su información directo desde la fuente, sin pasar por el filtro de los medios centralizados, se esforzarán por desarrollar la misma capacidad interactiva para explorar la realidad, cosa que antes sólo podían hacer apoyándose en su propia experiencia. El acceso en vivo a estos «ojos» y «orejas» lejanas será mucho más facil de controlar que el acceso a paquetes estáticos de información guardada y fácilmente reproducible.

En la mayoría de los casos, el control se basará en la limitación del acceso a la información más fresca y más precisa. Se tratará de definir el ticket, el lugar, el autor-ejecutor y la identidad de quien lleva el ticket, todas definiciones que estoy convencido que tomarán forma desde la tecnología y no de la legizlación.

En la mayoría de los casos, la tecnología que proveerá tales definiciones será la criptografía.

Guardar en cripto-botellas

La criptografía, como ya lo he dicho quizás demasiado, es el «material» del que estarán hechos los muros, fronteras – y botellas – del ciberespacio.

Bien entendido, como toda otra técnica meramente técnica de protección de la propiedad, la criptografía presenta problemas. Siempre me ha parecido que mientras más uno dismula sus bienes detrás de dispositivos de seguridad, más este santuario es susceptible de volverse un blanco atractivo. Como vengo de una región donde la gente deja las llaves en el auto y nunca cierra su puerta con llave, sigo estando persuadido que el mejor obstáculo contra el crimen es una sociedad cuya ética está intacta.

Puedo admitir que la mayoría de entre nosotros no vivimos en este tipo de sociedad. Pero también creo que una sociedad que confía más en las barreras de protección que en la conciencia termina por hacer desaparecer esta última haciendo de la infracción y del robo un deporte antes que un crimen. Es lo que ya comienza a suceder en el dominio numérico, como lo evidencia la comunidad hacker.

Afirmaría, por lo demás, que los intentos que se han hecho desde el principio para asegurar la protección de los derechos de propiedad prohibiendo la reproducción contribuyeron a crear las circunstancias que hacen a los usuarios de informático, en otras áreas muy incumbidos por la ética, indiferentes moralmente ante el hecho de tener programas piratas.

En lugar de promover en los recién llegados a la informática el sentido de respeto por la obra de sus camaradas, la precoz confianza en la prohibición de copia condujo a la idea subliminal según la cual piratear un software, de alguna manera, te da el «derecho» de utilizarlo. Mucha gente en seguida se sintió libre de hacer lo que quisiera, poniéndose como único limite no la conciencia, sino la dificultad técnica. Esta actitud seguirá siendo una potencial fuente de problemas para la encriptación de las mercancías numéricas.

Es bueno recordar, a modo de advertencia, que la prohibición de copia ha sido rechazada por el mercado en muchos sectores. La mayoría de los intentos que se harán a futuro para emplear sistemas anti-reproducción basados en la criptografía probablemente tendrán el mismo destino. La gente no está dispuesta a tolerar que los computadores se vuelvan más difíciles de usar que lo que ya son sin ninguna ventaja para el usuario.

No obstante, la encriptación ya ha dado algunas pruebas de su eficacidad. Las nuevas subscripciones a diversos servicios comerciales de televisión satelital recientemente han mejorado sus gráficos luego de implementar dispositivos de encriptación más resistentes, y ésto a pesar de la exploción de un salvaje mercado de decodificadores piratas llevado a cabo por gente más interesada en las ganancias suculentas que en el decifrado de códigos.

Otro límite evidente de la encriptación planteada como solución global es que a partir del momento en que cierto contenido ha sido decodificado por un subscriptor legítimo, se hace suceptible de ser reproducido en masa.

En ciertos casos, la copia luego de la decodificación puede ser un fenómeno sin importancia. En efecto, muchos productos informáticos pierden casi todo su valor con el tiempo. Bien podría ser que los productos en cuestión no sean interesantes más que para los que compraron la facultad de disponer de ellos inmediatamente.

Por lo demás, a medida que los software se vayan haciendo modulares su distribución se hará cada vez más on-line y cada vez más irán tomando forma de una interacción directa con el usuario final. La sucesión discontinua de nuevas versiones será reemplazada por un proceso constante de mejora y de adaptación gadual, que en parte será el resultado de interacciones humanas y en parte será engendrada por algoritmos. Las copias piratas de los programas quizás se volverán demasiado estáticas para seguir teniendo algún valor para quien sea.

Incluso en casos como el de las imágenes, donde se espera que la información no cambie, un archivo sin encriptar siempre podrá empaquetarse con códigos para protegerla gracias a una amplia gama de procedimientos.

En la mayoría de las situaciones que podría prever, el archivo podría estar «vivo», gracias a programas durmientes capaces de «percibir» las circunstancias ambiente e interactuar con ellas. Por ejemplo, podría contener un código que luego de detectar que hay una reproducción en curso provoque su autodestrucción.

Otros métodos podrían conferirle al archivo la capacidad de enviarle a su propietario original un mensaje a través de la Red. La mantención de la integridad de ciertos archivos podría ser sometido a la condición que sus detentores los «alimenten» periódicamente con dinero numérico que depositarían sus autores.

Por cierto que la idea que los archivos pudiesen estar dotados de capacidades autónomas de comunicación produce una impresión tan desagradable como la idea que existen virus en Internet, como el Morris Internet Worm (el «gusano de Morris) (13). Los archivos «en vivo» efectivamente presentan cierta analogía con los virus, y la privacidad podría estar bajo amenaza si cada computador estuviera repleto de sondas de espionage numérico.

El punto esencial es que la criptografía va a dar a luz un número importante de teconologías de protección que se desarrollarán rápidamente, producto de la eterna competencia entre los creadores de código y los rompedores de código.

Pero la criptografía no servirá solamente para levantar barreras. También hace posible la firma numérica al igual que la moneda numérica antes mencionada – ambos elementos que, a mi parecer, serán de fundamental importancia para la futura protección de la propiedad intelectual.

Me parece que el fracaso, admitido generalmente, del modelo de pago facultativo en materi de software tiene menos que vener con la malhonestidad de los usuarios que con la incomodidad del pago. Una vez que la operación de pago sea automatizada, como será el caso gracias a la moneda y a la firma numérica, creo que los creadores de productos informáticos van a recolectar mucho más dinero por lo que lanzan de forma desinteresada al ciberespacio.

Además, se ahorrarán la mayoría de las tarifas que significan hoy día el lanzamiento al mercado, la fabricación, la venta y la distribución de productos informáticos, ya sean programas, libros, discos compactos (audio o multimedia) o películas. Como consecuencia habrá una baja de los precios, lo que favorecerá la práctica del pago facultativo.

Aún así un sistema que exige que se pague para tener derecho a acceder a une expresión particular tiene contradicciones en sus principios. Tal sistemas se encuentra en las antípodas de la primera intención de Jefferson, que quería que las ideas fuesen accesibles por todos, sin importar la situación económica. No puedo estar satisfecho por un modelo que excluye la información para los ricos.

Una economía verbal

El futuro de las formas y métodos de protección de la propiedad intelectual está rodeada de densas tinieblas desde que entramos en la era virtual. Creo, no obstante, poder declarar (o repetir) algunas sentencias simples que, lo pienso de verdad, no parecerán tan irrisorias dentro de cincuenta años.

1° En ausencia de los antiguos contenedores, casi todo lo que creemos saber acerca de la propiedad intelectual está equivocado. Tendremos que desaprenderlo. Tendremos que considerar la información como si nos la encontrásemos por primera vez.

2° Las protecciones que elaboremos se basarán en la ética y la tecnología antes que en la legislación.

3° En la mayoría de los casos la encriptación constituirá la condición técnica de la protección a la propiedad intelectual. (Es una de las razones por las cuales los procedimientos de encriptación deben estar mucho más disponibles de lo que lo están hoy)

4° La economía del futuro no se fundará en la posesión sino en la relación. No será secuencial sino continua.

Finalmente, en los años a venir, los intercambios humanos serán más virtuales que físicos; no se tratará de intercambios materiales – a menos que entendamos por «materia» aquella de la que están hechos los sueños. Nuestro futuro comercio tendrá como marco un mundo de verbos antes que uno de nombres.

Ojo Caliente (Nuevo Méjico), 1ero octubre 1992
Nueva York (N.Y.), 6 noviembre 1992
Brooklin (Massachusetts), 8 noviembre 1992
Nueva York (N.Y.), 15 noviembre 1993
San Francisco (California), 20 noviembre 1993
Pinedale (Wyoming), 24-30 noviembre 1993
Nueva York (N.Y.), 13-14 diciembre 1993

La presente expresión vivió y llegó a su actual estadio de desarrollo en el tiempo y el espacio precisados arriba. Bien que aquí esté publicada bajo forma impresa, espero que siga evolucionando en su forma líquida, de ser posible, a lo largo de los años.

Su versión original puede encontrarse en [1]. Traducido por Roberto Soto de la traducción al francés de Jean-Marc Mandosio.

Las ideas que se expresan en este texto no son «mías» solamente, sino que se han conformado dentro de un campo de interacción que se ha dado entre mí y algunas otras personas, a las cuales quisiera agradecer. Pienso en particular en Pamela Samuelson, Kevin Kelly, Mitch Kapor, Mike Godwin, Stewart Brand, Mike Holderness, Miram Barlow, Danny Hillis, Trip Hawkins y Alvin Toffler.

Debe sin embargo reconocer con toda honestidad que, cuando Wired me envíe un cheque por haber «fijado» temporáneamente esta expresión en las páginas de su revista, no lo compartiré con nadie más…


1. N.d.e. Una botella de Klein es una figura geométrica con forma de botella que puede dibujarse pero que no puede ser fabricada. (R)

2. N.d.e.Equivalentes de la Sacem o de la Sacd. De la SCD en Chile (R)

3. N.d.e. Empresa de servicios on-line, que provee acceso a Internet y contenidos propios. (R)

4. N.d.e. El casi del ISP Altern en Francia probó lo contrario. Ver Olivier Blondeau, «¿Por las dos gambas de Estela?», contribución al festival de Música y Tecnología Avatarium (Saint-Étienne). (R)

5. N.d.e. En 1994, l’OMC (Organización Mundial del Comercio) sucedió, con el éxito que sabemos, al GATT. (R)

6. N.d.e. Ver Gregory Bateson, Hacia una ecología del espíritu (2 voll.) Le Seuil, Paris, 1977-1980. En las páginas siguientes, Barlow hace referencia varias veces a la noción de «ecología del espíritu» batesoniana. (R)

7. Acerca de los «memes», ver Richard Dawkins, El Gen egoísta, Odile Jacob, Paris, 1996. Dawkins es uno de los principales representantes de la sociobiología, doctrina que asimila las relaciones sociales a procesos biológicos. (R)

8. N.d.e. Ver el sitio de Pamela Samuelson. (R)

9. N.d.e. Los shareware están disponibles gratuitamente. El usuario es alentado a depositar un poco de dinero al autor si está satisfecho con el programa. Ver nota 4, p.448. (R)

10. N.d.e. Monedas de oro sudafricanas. (R)

11. N.d.e. Alvin Toffler, La Tercera ola, Denoël, «Médiations», Paris, 1982. (R)

12. N.d.e. La empresa Estado Unidense RedHat functiona en base a este modelo económico. Su producto base – el sistema operativo libre Linux – puede encontrarse gratuitamente. RedHat vende servicios a medida y paquetes con un bonito embalaje y cuidadosas instrucciones. (R)

13. N.d.e. El 2 de noviembre del 1988, Robert Morris, estudiante de la unversidad de Cornell (Estado de Nueva York), soltó un virus informático en Internet. Capaz de propagarse por sí solo, de computador en computador, este «gusano se le escapó completamente a su creador. En unos pocos días, de 10 a 15% de los 60 000 computadores conectados entonces a la red de redes están en panne. (R)


copiado de [2]

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